Archivos Mensuales: junio 2015

Abeyas, abeyeiros y osos nel Valledor

El paisaje del Valledor se caracteriza porque sus laderas están cubiertas en buena parte de monte bajo, compuesto por formaciones de distintos tipos de brezos y escobas, constituyendo “un paraíso” para las abejas.

dedalera

Dedalera (Digitalis purpurea)

paxarinos

Paxarios (Linaria triornithophora)

Desde Marzo hasta Setiembre, el monte va tornando de color. Si primero fue el brezo rojo conocido como “moural” el que “pintó” las montañas de color violáceo, ahora es el brezo blanco o más conocido como “blancal” el que está en flor, y que junto con la escoba negra, hacen que el blanco puro y el amarillo chillón dominen la paleta de colores de nuestras montañas.

Brezo blanco (blancal)

Brezo blanco (Erica arborea)

Le seguirán la escoba blanca, la rubica, la carqueixa, y se irá sucediendo la floración de todos ellos de forma escalonada para propiciar abundante alimento a las abejas, hasta llegar al mes de Setiembre, en el cual la “calluna” o “setembria” será el último brezo rosado que de paso a los ocres del otoño.

Aguileña

Aguileña. Calzois de cuquelo (Aquilea vulgaris).

El Valledor fue tierra de abeyeiros desde época ancestral, ya que estos lares estuvieron bajo la dominación del Monasterio de Corias, siendo la necesidad de cera de este cenobio benedictino, tanto para la liturgia como para alumbrado, la que propició el desarrollo y casi “profesionalización” de la apicultura en nuestra tierra.

Nuestros campesinos tuvieron que valerse de su ingenio para idear “el cortin”: especie de fortificación de mampostería de piedra de planta circular, cuyo principal fin era evitar el acceso del temido plantígrado al interior del colmenar. El cortin es hoy día la prueba de que la necesidad agudiza el ingenio.

Curtin con trobos

Curtin con trobos

Muchos de estos “curtios” están abandonados en la actualidad, ansiosos de recuperar su funcionalidad, mientras algunos de ellos,  los más próximos a vías de comunicación, han recuperado su utilidad ante el aumento de la población de oso.

Sus muros de piedra de casi 3 metros de alto resisten el paso del tiempo, son testigos vivos de la capacidad del hombre para convivir con especies salvajes que competían o amenazaban seriamente sus intereses.
Si analizas un cortin, fíjate en su orientación, preferentemente sur o sur-este. Respecto a la altitud, raramente por encima de los 800 metros, con cauces o arroyos de agua cerca, ubicados en laderas de pendiente, lo cual ayudaba a reducir esfuerzo en la construcción del muro. Por último se ubicaban cerca de zonas con abundante piedra y con abundante floración.
El alero de piedra que sobresale en todo su perímetro es vital para que el oso no acceda al interior trepando por el muro con sus largas y afiladas garras. Si no se ve la puerta, es porque normalmente no la tenía, accediendo el apicultor con escalera, pero si la tienen, ha de ser muy pequeña. Su planta circular permite aprovechar al máximo la superficie útil en el interior.
Había cortines de distinto tamaño, pudiendo albergar entre 50 u 80 “trovos”, castellanizado como “truébano”. El trobo podía estar hecho de un tronco de árbol ahuecado, de la unión de cuatro tablas formando una especia de paralelogramo, o de la corteza del alcornoque, conocido aquí como “sufreira”. Este último material, el corcho, era ideal pues era un aislante perfecto y ligero para facilitar su transporte.

Piquera o entrada del trobo

Piquera o entrada del trobo

En época de “enxames” había que ir al cortin “cuando mas calentaba el sol” porque era cuando salían los enjambres, se aprovechaba a llevar una vara de avellano para matar a “os lagartois o largatos” que comian las abejas.

El oficio de abeyeiro era complementario al de labrador-campesino. Muchos desisitían porque decian que “nun las entendían” (las abejas), consideraban además que “os abeyeiros” perdian mucho tiempo mirando “p’as abeyas”, y descuidaban otras tareas como demuestra el siguiente refran: “al abeyeiro nun ye mires pal parreiro”, por otro lado, creain que las abejas era el “pior ganao” que habia, pues “nun conocen al amo”, en referencia a que no eran como otro animal domestico.

Hemos de resaltar que el abeyeiro desconocía mucho sobre la biología y ecología de la abeja, aún hoy es objeto de estudios por los expertos, la vida jerarquizada y tan disciplinada de estos insectos, si bien se las arreglaba para cuando llegaba la epoca de “esmelgar” o cortar la miel, sacar de cada trobo unos 3 kilos de miel, sin traje de protección, usando solo “fumo” para “atontar as abeyas”.

Reflejo de la desconfianza que tenían los campesinos hacia estos insectos es el siguiente dicho: “en abeyas y en oveyas nun metas lo que teñas”. Sin embargo en El Valledor fueron muchos los que “invirtieron en abeyas” pues según el Catastro del Marqués de Ensenada (1752) en las parroquias de San Martin del Valledor y San Salavor del Valledor, es dónde mas colmenares y número de colmenas aparecen censados a mediados del siglo XVIII, reflejando la importancia de este actividad en la sociedad tradicional.

Enxame en la rama de un árbol

Enxame en la rama de un árbol

Hoy día la produccion de una colmena es de unos 30 kilos. Sin duda la apicultura sería una de las actividades que podrían contribuir a fijar población, generar empleo y riqueza en el medio rural, y sobre todo contribuir a la conservación del medio ambiente.
Es interesante descubrir como aprovechando lo que tenían a su alcance, es decir, su “tecnología” estas sociedades tradicionales consiguieron sobrevivir, dando una lección de cómo vivir aprovechando o explotando los recursos pero conservándolos al mismo tiempo.

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